El juego del actor sobre el escenario atrae, pero es en el Teatro Corporal donde el contacto es mas inmediato y directo.
¿Y por qué no hablan?-pregunta mi hijo. Porque escuchan-respondo: están atentos a lo que les devolvemos con nuestros latidos, con nuestras miradas, nuestro aliento... la poesía visual del Mimo, el Clown, despiertan la magia.
Talvez porque es el primer lenguaje que aprendimos y aún sigue ahí, latente. Mientras hablamos, se desarrolla siempre otro discurso paralelo, que es contestado y al que reaccionamos. Lo sabemos? Qué cosas diremos a través de nuestro cuerpo? Talvez más de lo que queremos decir.
Puede haber otra razón para ese hechizo: el Mimo recupera nuestros silencios. Los que descubrimos en la casa del árbol cuando pequeños, aquellos que nos conectaban con nuestro centro emocional. El Mimo ha hecho de ellos un refugio de su creatividad. Nosotros aún los buscamos a toda costa.
Probablemente no alcancemos a explicar jamás la mística de la máscara del mimo. A riesgo de no ser muy científico creo que es magia, y la magia por definición, no se explica.
Lo cierto es que, en la oscuridad de la sala teatral, esperamos con ansiedad que el personaje mudo nos emocione. Pronto se ilumina, volviéndose más grande que la Vida, y ahí nos dejamos llevar encantados hacia su mundo.
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